El uno de abril del presente año acudí a mi consulta como cada día, pero en esa ocasión lo primero que hice fue mirar los resultados de mi prueba: PCR SARS-COV-2 POSITIVO. Acababa de cruzar al otro lado, ya no era médica, había entrado a formar parte de las estadísticas de nuevos infectados. A partir de ese momento empezó a funcionar la máquina del registro, órdenes y protocolos cambiantes e inseguros.

Como buena paciente sumisa y obediente, me fui a mi casa con mi mascarilla, todas las órdenes de aislamiento y protección impresas por los asientos del coche y con un sentimiento profundo y continuo de miedo que perdudaría durante muchos días. Durante el camino se agolparon en mi cabeza miles de pensamientos sin respuesta: ¿habré contagiado a mi familia?, ¿qué hago si me pongo peor?, ¿en qué momento debería ir al hospital?, creo que no tengo paracetamol en casa, ¿debería irme a otro sitio lejos de mi familia?, y si me quedo sola y me pongo peor, ¿tengo termómetro?, .. y el pulsi…. creo que me lo he dejado en la consulta, no llego con el fonendo a auscultarme por detrás….

Llegó la noche. Fui una de las pocas personas afortunadas que tuve la posibilidad de enviar a mi familia a otro lugar. Al final encontré el termómetro y el pulsi y los coloqué en la mesilla: 37º, 97% saturación, leve disnea inspiratoria, leve cefalea, odinofagia, tos, y severo estado de pánico: todo en orden, a dormir y mañana será otro día.

Llegó el otro día y la sensación de disnea vs pánico no había desaparecido, pero de repente sonó el móvil , y una voz anónima al otro lado del teléfono me preguntó: buenos días, soy tu compañera, pero desde hoy ya no eres médica ni compañera, ahora eres una paciente y yo te voy a llamar todos los días para que me cuentes cómo estás hasta que estés curada. Si en algún momento te encuentras mal me llamas. ¿Cómo te sientes hoy?.

Nadie que no haya pasado por ésto se puede imaginar ni de lejos lo que supuso ésta y todas las llamadas que seguí recibiendo día tras día, ni siquiera la voz anónima que me cuidó durante todo mi encierro y que asumió la enorme responsabilidad de decidir sin más armas que la entrevista telefónica y su saber hacer, si debía ingresar en el hospital o podía permanecer vigilada en casa.

Por éste motivo escribo ésta carta a la voz anónima al otro lado del teléfono, para agradecer sus buenos días, sus preguntas, su seguridad, y su última frase de cada día: mañana te vuelvo a llamar, si te ocurre cualquier cosa aquí estamos para lo que sea.

Gracias, gracias, gracias, gracias y un millón de gracias a todas las voces al otro lado del teléfono de todos los centros de salud de atención primaria.

Susana, paciente y médica de un centro de salud de atención primaria cualquiera.